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En México y Centroamérica el Día de Muertos es una de las celebraciones más antiguas e importantes, es una celebración anterior a la conquista española y que en algunos lugares de nuestro país se sigue conservando. La Catrina (Mictecacíhuatl) preside estas fiestas donde todos los sentidos hacen acto de presencia para que por la noche, al bajar las almas de los difuntos se los lleven con ellos.
Es así como nuestra amiga Beatriz de Urquijo inicia un relato sobre su experiencia de día de muertos en el estado de Michoacán, dónde visitó Tzintzuntzan, Pátzcuaro y obviamente Janitzio.
Desde ya le damos las gracias por compartirnos su historia y principalmente por haberse tomado la molestia de enviárnosla con todo y fotografías para que no tuvieramos problemas en viajar mentalmente con ella.
Sin más, da clic en Ver más para continuar leyendo su experiencia. (¡Gracias Bati!)
El olor de las flores frescas, la tierra mojada, el viento que corre por el panteón de Tzintzuntzan a las doce de la tarde hace que todo lo que está a tu alrededor se una con un mismo propósito: recordar a aquellas personas que dejaron ya en cuerpo la Tierra.

Tzintzuntzan, lugar abundante en colibríes, fue la ciudad mesoamericana más importante de Occidente, de ahí fue que partió Huitzilopochtli en la épica expedición mexica que culminó en el Lago del Valle de México fundando el Imperio Azteca. Es un pequeño pueblo a las orillas del Lago de Pátzcuaro, donde se encuentra en lo alto una pequeña zona arqueológica que en su momento fue sede de gran poder dentro del territorio tarasco. De eso quedan las ruinas, pero el espíritu sigue vivo entre la gente de Tzintzuntzan que cada primero de noviembre va al panteón a limpiar las tumbas de sus queridos difuntos y las llenan de flores, comida, fotografías y objetos personales de aquellos que ya se fueron pero que este día por la noche regresan y se llevan todo ese olor, color, sabor y cantos que les dejaron para recordarlos.


El mercado de este colorido pueblo está lleno de simbolismos, de cestos, de color, de madera típica del lugar. Si vas no puedes perderte este lugar que saturará todos tus sentidos, solo tienes que abrir los ojos y ver a tu alrededor, respirar profundo, sentir el aire y escuchar el murmullo característico de un mercado que aún vende las cosas sobre manteles en el piso con artesanía que tiene bellos desperfectos que la hacen única.

Después, caminar por los jardines de la iglesia, donde cada uno de esos árboles cuenta una historia diferente: aquel que lleva más de cincuenta años, aquel que sobrevivió a un fuerte rayo y, sorprendentemente, sigue vivo. Me senté un rato en una de las bancas, bajo la sombra de los árboles para observar a la gente caminar hacia la iglesia, imaginar a quién van a recordar, qué es lo que los lleva hasta ahí y dejar pasar el tiempo.
¿Has probado los tamales de trigo? Yo nunca, ahí lo probé. Lo como mientras camino hacia las ruinas, pasando por el cementerio. El color púrpura del tamal y su dulce pero nada empalagoso sabor fue algo que se une perfecto con los olores y texturas que iba percibiendo en el camino. Al llegar a las ruinas me atrapa el paisaje: altos árboles de un verde obscuro, combinado con el cielo azul cargado de blancas nubes y abajo un enorme espejo, el lago de Pátzcuaro que está enmarcado por altas montañas. Las ruinas son pequeñas, conocidas como las Yacatas pues eran utilizadas como centro ceremonial y también como tumbas. Es medio día y el sol ofrece unas sombras duras sobre las construcciones, grandes contrastes entre iluminación y obscuridad me mantienen largo rato entretenida tomando fotos.

Por la tarde llegamos a Pátzcuaro, pueblo mágico a las orillas del lago que lleva su nombre. El sol del atardecer cae sobre las casas de pared blanca, madera vieja y teja roja; también pinta las paredes de la Biblioteca Pública y la estatua del Zócalo. Por ser primero de noviembre hay mucha gente, se puede sentir el frenesí de los vendedores, compradores, turistas, policías; todos con un objetivo específico. Caminamos un tiempo por ahí para después dirigirnos al embarcadero y tomar nuestro transporte a la isla de Janitzio. Al llegar al embarcadero ya era de noche y para nuestra buena suerte hay luna llena. Compramos los boletos e hicimos fila para tomar una lancha. El viaje dura casi media hora, tiempo donde Pátzcuaro se aleja y la luna nos acompaña con su reflejo en el lago. Janitizio por fin se asoma, la forma la toma de toda la iluminación de las casas, velas y puestos.


Al bajar nos encaminamos al panteón, caminando por las empinadas y empedradas calles me detuve a comprarme un ponche pues un buen amigo me ha dicho que ahí había probado el mejor ponche. Al llegar al panteón, la única luz que nos guía es la de la luna, algunas de las tumbas ya empiezan a encender las veladoras, las flores de cempazúchitl colorean el paisaje. La gente se sienta junto a la tumba de la persona a la que van a esperar, le platican, llevan a los niños para empezarlos a empapar de este culto a los muertos. Sin embargo, fuera de esto, Janitzio se ha vuelto una fiesta desvirtuada del cause original, del recordar a los muertos, saturarse de colores, olores y sabores. Está llena de basura, de gente que solo busca embriagarse perdiendo el objetivo de recordar a nuestros antepasados, de mantener vivas estas tradiciones ancestrales que nos unen y distinguen como mexicanos.


Al regresar al hotel en Morelia mis pies me duelen mucho y estoy cansada, dejo mi bolsa, me acuesto y duermo enseguida. Sin duda alguna es un lugar que tienes que conocer pero, estoy segura, que en la noche cuando te vayas a dormir cansado te sentirás muy bien y para el próximo dos de noviembre, si regresas a Michoacán, irás a visitar otros pueblitos menos conocidos donde la tradición sigue viva.
Beatriz de Urquijo
Categorías: Cultura, Sociedad, Viajes
Publicado por hidelink el 9 de November del 2009
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Felicidades BEty!
y gracias por tu relato =)
pinxes pirujas estan bien feas